En el primer capítulo de El origen de la tragedia podemos leer:
"...El que reverenciando en su corazón otras creencias se aproxime a estos dioses olímpicos buscando elevación moral, santidad, espiritualidad incorporal, y busque en sus miradas el amor y la piedad, pronto desviará sus ojos, irritado y descorazonado. Aquí nada recuerda al ascetismo, la inmaterialidad o el deber; es una vida exuberante, triunfante, en la cual todo, tanto el bien como el mal, está divinizado. Y ante este fantástico desbordamiento de vitalidad, el observador permanece perplejo y pregunta en qué filtro encantado han podido beber aquellos hombres esta embriaguez vivificadora para que, sea cual sea la dirección que miren, se les aparezca Helena, la de la dulce sonrisa..."
Para Nietzsche la sociedad pre-helénica constituía el ejemplo perfecto de culto a la vida y la naturaleza. Esto se hacía patente en su mitología. Los dioses del Olimpo practicaban modelos de comportamiento plenamente humanos. Reían y lloraban. Divinizaban la belleza y la la locura. Se perdían en la embriaguez dionisiaca. En definitiva eran como nosotros.
Esta reflexión le sirve como punto de partida para la crítica de la religión cristiana que llevará acabo durante el resto de su vida. La religión del pecado, de la mortificación y los mártires. Nada que ver con esa explosión de entusiasmo y sensualidad griegas.
Que queréis que os diga, yo me quedo con Dionisos.
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